lunes, 31 de marzo de 2008

Imagen compañera

Esta es la historia que empezó un día, ahora ya demasiado lejano. Es la historia que se inició en una habitación, aislada del ruido mundano, de un sitio amarrado en suelo firme. Solo se escuchaban los pájaros del exterior, y comenzaba la frontera entre la tarde y la noche. En esa habitación se encontraba alguien, ella, frente a un espejo grande, mirándose de frente, analizando y acariciando su propia imagen. Se reconocía perfectamente en lo que veía. Morena de pelo rebelde. Ojos grandes y brillantes. Mezcla de inocencia y picardía. Estaba absorta en sus pensamientos, en cómo podía ser capaz de estar horas observando los detalles de las cosas, de su interior o exterior, mientras el reloj marcaba como pasaban los segundos, los minutos, las horas, y en ello se fugaba el tiempo. A ella no le importaba eso. Se sabe que el tiempo pasa, a veces rápido, a veces lento, pero siempre pasa. Y ella quería dejarlo que se fuera.

En un instante sintió un roce que erizó su piel, y sin apartar la vista del espejo, observó que detrás de ella había alguien. No estaba sola, pero no se asustó. Alguien la miraba con el mismo interés que ella. El mismo brillo reflejado en otros ojos que la abrazaban con la mirada. No se dio la vuelta. Le impactó tanto ese cruce de miradas que pensaba que si se daba la vuelta, ese alguien se esfumaría dejando un rastro de humo detrás. Se hubiera quedado allí el resto de su vida, sin moverse, sin hablar con nadie más que con aquel reflejo. Sintió que esa mirada era la única que la respetaba y la entendía. No importaba nada. Cuando iban a salir unas tímidas palabras de su boca, la imagen habló, anticipándose y simplificándolo todo aún más: -Yo también siento lo mismo.
En ese momento no pudo aguantar la ansia de lo físico, de tocar, y se giró para ver de frente ese espectro. Se abrazó a lo que encontró, pero la imagen se esfumó.

A partir de ese momento dejó de ir sola por la calle, siempre sentía que había alguien con ella. Y cada vez que se encontraba delante de un espejo, recordaba su imagen compañera. Iba con ella a todas partes, a cualquier hora, y compartía, con quien fuera que la acompañaba, todo lo que hacía, sentía o hablaba. Compartía todos los movimientos, incluso cuando bailaba, y también compartía, con el espectro, sus amigos. En definitiva…compartía toda su vida.

(Según la RAE, compartir es participar en algo)

4 guiños:

Ligeia dijo...

Todo lo que después me ha sucedido me ha hecho daño. Pero cuando alguna vez encuentro la llave y desciendo a mí mismo, allí en donde en un oscuro espejo, dormitan las imágenes del destino, me basta inclinarme sobre su negra superficie acerada para ver en él mi propia imagen, semejante ya en todo a él, a él, mi amigo y mi guía... ¿a qué sí? ;)

Carome dijo...

Ya le has visto, ya sabes que existe, sabes cómo es, cómo quieres que sea. El lugar da igual, con alguien así seguramente cualquier sitio te parecería igual de mágico.

Algún día despertarás y esa imagen no se esfumará, y la primera noche te despertarás cada media hora para comprobar que sigue allí.

No es un fantasma, existe, y si le escuchas y le hablas, conseguirá encontrar el camino para estar a tu lado todas las noches.

VENUS dijo...

Triste es cuando el reflejo que recibimos está distorsionado por nuestra mente, y en vez de abrazarte, te ahoga. A veces sigo viendo ese reflejo, y prefiero girar el espejo para no verlo.
En cambio, cuando el reflejo me abraza, estaría siempre mírandome.

Bigthor dijo...

Me encanta cómo dibujas las sensaciones en mi mente.

Increible... puedo ver perfectamente qué ocurría frente a ese espejo.

Gracias! Me ha gustado.